Gabriel Celaya
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
miércoles, enero 17, 2007
miércoles, enero 10, 2007
domingo, enero 07, 2007
El discurso del progresismo
Ricardo Raphael*
El Universal
5 de enero de 2007
Pocas obsesiones le han hecho tanto mal a la sociedad mexicana como la muy chata pero poderosamente mágica noción del progresismo.
Porfirio Díaz sacrificó cualquier objetivo igualador o democrático en el altar de la noble y muy elevada idea del progreso. Algo similar hicieron más tarde los primeros revolucionarios; tanto Álvaro Obregón con Plutarco Elías Calles dejaron atrás las más dolidas preocupaciones democratizantes de la Revolución so pretexto de que ellos, y sólo ellos, podían hacer progresar a la nación.
Igual de prepotente y justificadora fue esta bandera cuando el milagro económico mexicano sirvió para consolidar las aspiraciones monopólicas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), o cuando Carlos Salinas de Gortari esquinó toda reforma política para dejar que en el centro de su tablero de poder se colocara la triunfal entrada de México al mercado global.
Vista así, la filosofía del progresismo ha sido de una gran utilidad en nuestro país. Gracias al abuso de su retórica tantos gobernantes mexicanos han contado con márgenes de inmensa impunidad para actuar, a la vez, con autismo y autoritarismo.
Proveniente del siglo XIX, el discurso del progresismo tiene como metáfora principalísima la del ferrocarril. En ella se describe a la sociedad (a sus recursos y sus personas), como si fuesen vagones sueltos y descarrilados, cuyo natural estado caótico sólo pudiese ser ordenado gracias a la aparición de una muy poderosa, rápida, competitiva e inteligente locomotora.
La otra imagen mental que completa a esta filosofía es la del refrán que advierte: "Andando la carreta, se acomodan las calabazas". O dicho en la insuficiencia de los términos ferroviarios: "Andando la locomotora, poco importa lo demás". De ahí que los profetas del progresismo se preocupen tanto por los motores del crecimiento y dejen de lado al principal de los fundamentos de la economía de mercado: el equilibrio.
Para ellos el problema es siempre la ausencia de locomotoras y no el exceso de empobrecidos vagones, la falta de desarrollo y no la exclusión, la robustez de los poderes económicos y no la abrumadora precariedad de los incontables desposeídos.
A pesar de su simpleza, las mieles del progresismo han secuestrado a algunos de los más lúcidos cerebros mexicanos. Tres suelen ser sus mágicas recetas: en la primera fase ha de concentrarse la riqueza en unas cuantas pero muy vigorosas y diestras manos; en la segunda etapa esa riqueza acumulada ha de invertirse eficientemente en negocios con alto potencial de desarrollo y; por último, en una tercera etapa, la fórmula recomienda sentarse, sin estorbar, a ver cómo se distribuyen generosamente todos los abundantes bienes obtenidos.
Revisando a sobrevuelo la historia mexicana salta a la vista que en su primera recomendación la filosofía del progresismo obtuvo eficaces frutos. Desde hace más de 100 años el Estado mexicano, en sus distintas expresiones, ha sido inigualable para concentrar la riqueza en muy pocas manos.
Sin embargo, el resto de esta ecuación ha resultado todo un engaño. No importando si el país tuvo tasas de crecimiento de 7 o de 5%, o de 3, 2 o -1%, la constante siempre ha sido la misma: un desastroso desequilibrio en la distribución de la riqueza, o más precisamente, en la distribución de los bienes públicos.
Con 200 años de vida independiente es ya de una enorme e irresponsable ingenuidad continuar llenándose la boca con los axiomas del progresismo. Sobre todo porque es evidente que la prolongada concentración de la riqueza sólo ha sido capaz de sostenerse gracias a la exclusión de una buena parte de la población, es decir, de la producción sistemática de la pobreza.
Quizá sea ya tiempo de imaginar una filosofía alternativa. Un discurso donde se comience por hablar de la equilibrada consideración que ha de tener el Estado para con sus ciudadanos, al menos en lo que tiene que ver con la distribución de derechos y bienes que habrían de ser incluyentemente de todos.
Sólo así podremos ver un día en México la presencia, no de una, sino de muchas locomotoras que, en condiciones similares, se hagan parejamente responsables de hacer crecer la economía y por tanto la dignidad y vida buena de todos los mexicanos.
Invirtamos la ecuación: la igualdad de consideración conduce a la igualdad de oportunidades. Ésta, a su vez, permite la multiplicación de las iniciativas que, por lo general, da por resultado desarrollo y crecimiento económico.
* Profesor del ITESM.
El Universal
5 de enero de 2007
Pocas obsesiones le han hecho tanto mal a la sociedad mexicana como la muy chata pero poderosamente mágica noción del progresismo.
Porfirio Díaz sacrificó cualquier objetivo igualador o democrático en el altar de la noble y muy elevada idea del progreso. Algo similar hicieron más tarde los primeros revolucionarios; tanto Álvaro Obregón con Plutarco Elías Calles dejaron atrás las más dolidas preocupaciones democratizantes de la Revolución so pretexto de que ellos, y sólo ellos, podían hacer progresar a la nación.
Igual de prepotente y justificadora fue esta bandera cuando el milagro económico mexicano sirvió para consolidar las aspiraciones monopólicas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), o cuando Carlos Salinas de Gortari esquinó toda reforma política para dejar que en el centro de su tablero de poder se colocara la triunfal entrada de México al mercado global.
Vista así, la filosofía del progresismo ha sido de una gran utilidad en nuestro país. Gracias al abuso de su retórica tantos gobernantes mexicanos han contado con márgenes de inmensa impunidad para actuar, a la vez, con autismo y autoritarismo.
Proveniente del siglo XIX, el discurso del progresismo tiene como metáfora principalísima la del ferrocarril. En ella se describe a la sociedad (a sus recursos y sus personas), como si fuesen vagones sueltos y descarrilados, cuyo natural estado caótico sólo pudiese ser ordenado gracias a la aparición de una muy poderosa, rápida, competitiva e inteligente locomotora.
La otra imagen mental que completa a esta filosofía es la del refrán que advierte: "Andando la carreta, se acomodan las calabazas". O dicho en la insuficiencia de los términos ferroviarios: "Andando la locomotora, poco importa lo demás". De ahí que los profetas del progresismo se preocupen tanto por los motores del crecimiento y dejen de lado al principal de los fundamentos de la economía de mercado: el equilibrio.
Para ellos el problema es siempre la ausencia de locomotoras y no el exceso de empobrecidos vagones, la falta de desarrollo y no la exclusión, la robustez de los poderes económicos y no la abrumadora precariedad de los incontables desposeídos.
A pesar de su simpleza, las mieles del progresismo han secuestrado a algunos de los más lúcidos cerebros mexicanos. Tres suelen ser sus mágicas recetas: en la primera fase ha de concentrarse la riqueza en unas cuantas pero muy vigorosas y diestras manos; en la segunda etapa esa riqueza acumulada ha de invertirse eficientemente en negocios con alto potencial de desarrollo y; por último, en una tercera etapa, la fórmula recomienda sentarse, sin estorbar, a ver cómo se distribuyen generosamente todos los abundantes bienes obtenidos.
Revisando a sobrevuelo la historia mexicana salta a la vista que en su primera recomendación la filosofía del progresismo obtuvo eficaces frutos. Desde hace más de 100 años el Estado mexicano, en sus distintas expresiones, ha sido inigualable para concentrar la riqueza en muy pocas manos.
Sin embargo, el resto de esta ecuación ha resultado todo un engaño. No importando si el país tuvo tasas de crecimiento de 7 o de 5%, o de 3, 2 o -1%, la constante siempre ha sido la misma: un desastroso desequilibrio en la distribución de la riqueza, o más precisamente, en la distribución de los bienes públicos.
Con 200 años de vida independiente es ya de una enorme e irresponsable ingenuidad continuar llenándose la boca con los axiomas del progresismo. Sobre todo porque es evidente que la prolongada concentración de la riqueza sólo ha sido capaz de sostenerse gracias a la exclusión de una buena parte de la población, es decir, de la producción sistemática de la pobreza.
Quizá sea ya tiempo de imaginar una filosofía alternativa. Un discurso donde se comience por hablar de la equilibrada consideración que ha de tener el Estado para con sus ciudadanos, al menos en lo que tiene que ver con la distribución de derechos y bienes que habrían de ser incluyentemente de todos.
Sólo así podremos ver un día en México la presencia, no de una, sino de muchas locomotoras que, en condiciones similares, se hagan parejamente responsables de hacer crecer la economía y por tanto la dignidad y vida buena de todos los mexicanos.
Invirtamos la ecuación: la igualdad de consideración conduce a la igualdad de oportunidades. Ésta, a su vez, permite la multiplicación de las iniciativas que, por lo general, da por resultado desarrollo y crecimiento económico.
* Profesor del ITESM.
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